Dos husos horarios de luz: así trabaja un estudio con el pie en Galicia y el otro en Andalucía
Photo: Internet Archive Book Images, No restrictions, via Wikimedia Commons
A las ocho de la mañana, en la sede de A Coruña, todavía cuesta distinguir si el día ha empezado de verdad. La luz entra deslizándose, gris perla, sin sombras duras. A esa misma hora en la oficina de Sevilla —a unos 800 kilómetros al sur— el sol ya lleva rato pegando en vertical y alguien ha bajado la persiana a media asta para poder ver la pantalla del ordenador. Es el mismo estudio, el mismo equipo de diseño, la misma nomenclatura de archivos. Y sin embargo, parecen dos mundos.
La luz como primer cliente
Cuando preguntamos a los socios fundadores cuál es la mayor diferencia entre trabajar en ambos extremos de la península, no dudan: "Aquí arriba diseñamos con luz difusa; allí abajo diseñamos contra la luz". En Galicia, la sombra apenas existe como problema; el reto es capturar claridad en días nublados, abrir huecos generosos hacia el norte, dejar que el interior se vuelva luminoso sin esperar milagros meteorológicos.
En Andalucía la ecuación se invierte por completo. Cada ventana es una decisión de riesgo. Una orientación mal calculada en julio se convierte en un invernadero no deseado. Por eso en la sede sevillana los alzados se trabajan casi como instrumentos musicales: celosías, voladizos, patios que respiran. El mismo equipo que en A Coruña dibuja grandes paños de vidrio, en Sevilla especula con la sombra como si fuera un material de construcción más.
Materiales que cambian de acento
La paleta también viaja. En la biblioteca de materiales de la sede gallega predominan maderas claras, láminas de abeto, acabados que absorben la humedad con dignidad. En la andaluza, los muestrarios se llenan de cerámica esmaltada, cal, textiles gruesos y persianas de lamas que ya son casi un sello de la casa.
Lo curioso es cómo estos condicionantes han acabado enriqueciendo los proyectos de la otra sede. Un encargo en Lugo recibió un patio interior de inspiración claramente mediterránea —con su pozo de sombra y su banco corrido— y funcionó. Un piso en Triana incorporó la sensibilidad nórdica de la sede norte: menos objetos, más vacío, maderas que dan la bienvenida en invierno. La geografía, entendida así, no divide: alimenta.
Dos ritmos, un mismo pulso
El ritmo creativo también se desfasa. En A Coruña las jornadas arrancan pronto y terminan cuando la luz se apaga hacia las seis, con una niebla que invita a cerrar el portátil. En Sevilla, el verano impone horarios casi agrícolas: mañana intensa, pausa larga al mediodía, segunda tanda cuando el calor cede y la ciudad sale de nuevo a la calle.
El estudio ha aprendido a sincronizarse sin uniformizarse. Las reuniones conjuntas se celebran a media mañana, cuando ambos equipos están en su mejor momento. Los grandes debates de proyecto —los que deciden la forma de una planta o el carácter de una fachada— se reservan para las videollamadas del jueves, con maquetas físicas delante de la cámara en cada extremo. Sí, maquetas: las giran, las tocan, las discuten como si estuvieran en la misma mesa.
Una identidad, dos climas
El reto pendiente, reconocen, es la coherencia. ¿Cómo mantiene un despacho un lenguaje propio cuando sus dos escenarios piden respuestas opuestas? Su respuesta es desarmante de sencilla: la identidad no está en las soluciones, está en las preguntas. Preguntan siempre por la luz, por el recorrido del visitante, por el modo en que un espacio se cuenta a quien lo habita. Las respuestas cambian con la latitud; la mirada, no.
Al despedirnos, ya de noche, la diferencia se vuelve literal: mientras en Sevilla la terraza sigue llena a las once, en A Coruña la oficina lleva horas a oscuras y la lluvia repica en el toldo. Dos jornadas, un mismo despacho. Y la sensación de que, lejos de ser un problema logístico, esa distancia de 800 kilómetros es lo que mantiene despierta su manera de proyectar.