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Con las manos en la cartulina: la resistencia de la maqueta en la era del render

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Con las manos en la cartulina: la resistencia de la maqueta en la era del render

Photo: Wolfmann, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Seamos sinceros: el render ganó la batalla de la venta. Ningún cliente escoge hoy un proyecto sobre una maqueta gris cuando puede pasear por su futuro edificio con gafas de realidad virtual. Pero ganar la batalla de la venta no es ganar la del pensamiento, y ahí el asunto se pone interesante.

En varios talleres y escuelas de arquitectura de España se está produciendo una resistencia callada: gente que sigue construyendo con las manos, no por romanticismo, sino porque están convencidos de que la maqueta piensa de otra manera.

Lo que el dedo descubre y el ratón oculta

Hay un momento en toda maqueta que no tiene equivalente digital: cuando el modelo está a medio hacer y descubres que la escalera no funciona, que el muro se come la luz, que la sección que tenías en la cabeza era una mentira piadosa. El cartón no perdona. Y ese castigo, precisamente, es su valor pedagógico.

En la pantalla, el modelo 3D es siempre demasiado cooperador. Cualquier error se corrige con un clic, cualquier geometría imposible se resuelve con un comando. Con el cutter en la mano, en cambio, cada decisión tiene un precio físico: una pieza mal pensada hay que rehacerla, y rehacerla obliga a pensar de nuevo. Es la diferencia entre editar y reflexionar.

Los profesores que defienden la maqueta lo resumen con una frase que se repite en varios talleres: «la mano no miente». El software optimiza, la maqueta revela.

Cinco lugares donde el cartón sigue mandando

Sin necesidad de nombres propios, la geografía de esta resistencia es reconocible. Están las escuelas donde el taller de maquetas sigue abierto hasta tarde y huele a cola y a pluma cortada. Están los estudios —algunos con nombre y prestigio, otros de tres personas en un entresuelo— que presentan sus concursos con una caja de cartón bajo el brazo, convencidos de que el jurado recuerda más lo que pudo tocar.

Están los colectivos que organizan talleres abiertos donde niños y mayores construyen la ciudad que quieren, en cartulina, sobre una mesa. Y está esa fauna híbrida de arquitectos-maquetistas que sobreviven haciendo modelos para otros estudios, un oficio casi artesanal que las nuevas generaciones están rescatando del olvido.

¿Pensamos en 3D o solo en imágenes?

Aquí está el nudo de la cuestión, y admite discusión. Si toda nuestra relación con el espacio pasa por imágenes planas —aunque simulen profundidad—, ¿no estamos formando arquitectos que ven edificios pero no los habitan mentalmente? La maqueta obliga a rodear, a mirar desde abajo, a descubrir lo que el proyecto esconde. La imagen, por perfecta que sea, ya eligió el punto de vista por ti.

No se trata de demonizar el render, que en Panorama Estudio usamos y admiramos. Se trata de orden: primero las manos, después la pantalla. O al menos, no dejar que la segunda haga todo el trabajo.

La próxima vez que paséis por delante de un taller con la luz encendida a las once de la noche y veáis a alguien peleándose con una pieza de cartón que no encaja, no penséis que pierde el tiempo. Está pensando. Con los dedos, que es como mejor se sabe.

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