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Tres metros de nada: la revolución silenciosa de los pasillos y zaguanes españoles

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Tres metros de nada: la revolución silenciosa de los pasillos y zaguanes españoles

Photo: Adrian MacNair, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

Hay un momento en casi todas las visitas a obra en España en el que el cliente señala el salón, luego la cocina, después el dormitorio principal. Nadie señala nunca el pasillo. Nadie dice «me encantaría que el zaguán me reciba mejor». Y sin embargo, ese trozo de casa que todos evitan mirar es lo primero que se cruza cada día, varias veces, sin descanso.

En Panorama Estudio llevamos tiempo defendiendo una idea sencilla: los espacios de transición no son lo que sobra, son lo que conecta. Y si lo que conecta está muerto, la casa entera lo nota.

El zaguán: la antesala que perdió su papel

El zaguán fue durante siglos una pieza con dignidad propia. En las casas señoriales andaluzas y en las casonas del norte servía de filtro climático y de ceremonial: ahí se dejaba el abrigo, ahí se esperaba a que abrieran la segunda puerta. Con la especulación inmobiliaria de los setenta y ochenta, el zaguán se convirtió en un rectángulo oscuro con un interruptor que nadie localiza a la primera.

Recuperarlo no exige obras heroicas. En reformas recientes de estudios como Lucas y Hernández-Gil en Madrid o el trabajo de los gaditanos de Ábaton en el campo, la operación es siempre la misma de fondo: devolverle al zaguán su condición de umbral. Un banco bajo, una luz cálida a media altura —nunca el foco de techo que aplasta todo— y un material distinto del resto de la vivienda. Un pavimento hidráulico recuperado, por ejemplo, marca el «ya estás en casa» antes de llegar al salón.

El pasillo de tres metros: el problema es de perspectiva

El pasillo largo y estrecho es la pesadilla de toda reforma. Pero el error habitual no es el pasillo en sí, sino tratarlo como una galería de tránsito uniforme: mismo color, misma luz, mismo ritmo de puertas. El resultado es un espacio que parece más largo de lo que es y más aburrido de lo que podría.

Funcionan mejor las estrategias que rompen la monotonía a intervalos:

En proyectos de rehabilitación de corralas madrileñas o de casas de pueblo en Valencia hemos visto pasillos convertidos en pequeñas bibliotecas con estantes poco profundos, o en galerías de fotografía familiar. El pasillo deja de ser el lugar por el que pasas y pasa a ser el lugar por el que vuelves a pasar, que no es lo mismo.

La escalera de servicio y los rincones vergüenza

Queda un tercer personaje, el más olvidado de todos: la escalera de servicio, el hueco del contador, el pasadizo a la lavandería. La reforma media los esconde tras una puerta lacada y da por resuelto el asunto. Pero esconder no es resolver.

La alternativa es asumir que una casa también tiene tripas y dignificarlas. Pintar la escalera de servicio con el mismo cuidado que el resto, iluminar el hueco del contador como si fuera una vitrina, tratar la zona de lavadero con los mismos acabados que la cocina. No es cuestión de presupuesto sino de criterio: la diferencia entre un pasillo gris y uno con carácter rara vez supera los cientos de euros.

La casa se juzga por sus umbrales

Quien diseña espacios sabe que la percepción de un lugar se construye en los tránsitos. El salón más luminoso del mundo pierde fuerza si para llegar a él hay que cruzar un pasillo de carcasa. Al revés, un piso modesto con un zaguán bien resuelto, un pasillo con ritmo y una escalera cuidada transmite una coherencia que ninguna foto de catálogo consigue.

Abrir vistas, contar historias: también en los tres metros de nada que todos evitan. Sobre todo ahí.

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